sábado, 9 de octubre de 2010

No subestimes el Poder de tus acciones

"Nunca subestimes el poder de tus acciones"
Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a


un compañero de mí


clase caminando


de regreso a su casa. Se llamaba Kyle. Iba


cargando todos sus libros y


pensé: "¿Por


que se estará llevando a su casa todos los


libros el viernes? ¡Debe ser un "nerd! "


Yo ya tenia planes para todo el fin de semana:


fiestas y un partido de fútbol con mis

amigos el sábado por la tarde, así que me encogí


de hombros y seguí mi camino.


Mientras caminaba, vi a un montón de chicos


corriendo hacia él, cuando lo alcanzaron,


le tiraron todos sus libros y le hicieron una


zancadilla que lo tiró al suelo. Ví que sus


anteojos volaron y cayeron en el pasto como a tres


metros de él. Miró hacia arriba y


pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi


corazón se estremeció, así que corrí


hacia él mientras gateaba buscando sus anteojos.


Ví lágrimas en sus ojos. Le acerque


a sus manos sus anteojos y le dije, "¡esos


chicos son unos tarados, no deberían hacer esto!". Me miro y me


dijo: "¡Hola, gracias!" Había una gran


sonrisa en su cara; una de esas sonrisas que


mostraban verdadera gratitud. Lo ayude


con sus libros. Vivía cerca de mi casa. Le


pregunté por que no lo había visto antes y


me contó que se acababa de cambiar de una escuela


privada. Yo nunca había conocido


a alguien que fuera a una escuela privada.


Caminamos hasta casa. Lo ayudé con sus libros;


parecía un buen chico.


Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado, conmigo y mis


amigos, y aceptó.


Estuvimos juntos


todo el fin de semana. Mientras más conocía a


Kyle, mejor nos caía, tanto a mí como a


mis amigos. Llegó el lunes por la mañana y ahí


estaba Kyle con aquella enorme pila de


libros de nuevo. Me pare y le dije: "Hola, vas a


sacar buenos músculos si cargas todos


esos libros todos los días". Se rió y me dio la


mitad para que le ayudara. Durante los


siguientes cuatro años, Kyle y yo nos convertimos


en los mejores amigos.


Cuando ya estabamos por terminar la secundaria, Kyle decidió


ir a la Universidad de Georgetown y


yo iría a la de Duke. Sabía que siempre seríamos


amigos, que la distancia no sería un


problema. Él estudiaría medicina y yo


administración, con una beca de


fútbol. Kyle fue el orador de nuestra generación. Yo lo cargaba


todo el tiempo diciendo que era un

"nerd". Llegó el gran día de la Graduación. Él


preparó el discurso.


Yo estaba feliz de


no ser el que tenía que hablar. Kyle se veía


realmente bien. Era uno de


esas personas que realmente se había encontrado a sí mismo


durante la secundaria, había mejorado


en todos los aspectos y se veía bien con sus


anteojos. ¡Tenia mas citas


con chicas que


yo y todas lo adoraban! ¡Caramba! Algunas veces


hasta me sentía celoso... Hoy era


uno de esos días.


Pude ver que él estaba nervioso por el discurso,


así que, le di una palmadita en la


espalda y le dije: "Vas a ver que estarás genial,


amigo". Me miro con una de esas


miradas (realmente de agradecimiento) y me sonrió.


"Gracias" me dijo.


Limpió su garganta y comenzó su discurso: "La Graduación es


un buen momento para dar


gracias a todos aquellos que nos han ayudado a


través de estos años difíciles: tus


padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún


entrenador... pero principalmente a

tus amigos. Yo estoy aquí para decirles a ustedes,


que ser amigo de alguien es el mejor


regalo que podemos dar y recibir, y a propósito,


les voy a contar una historia. Yo


miraba a mi amigo incrédulo, cuando comenzó a


contar la historia del primer día que


nos conocimos. Aquel fin de semana él tenía


planeado suicidarse.


Hablo de como limpió su armario y por que llevaba todos sus


libros con él, para que su mamá no


tuviera que ir después a recogerlos a la escuela.


Me miraba fijamente y me sonreía.


"Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de


hacer algo irremediable". Yo


escuchaba con asombro como este apuesto y popular


chico contaba a todos ese


momento de debilidad. Sus padres también me


miraban y me sonreían con esa misma


sonrisa de gratitud. Recién en ese momento me di


cuenta de lo profundo


de sus palabras: "Nunca subestimes el poder de tus


acciones: con un pequeño gesto, puedes


cambiar la vida de otra persona, para bien o para


mal. Dios nos pone a cada uno frente


a la vida de otros, para impactarlos de alguna


manera. "Mira a Dios en los demás".

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